jueves, 14 de abril de 2022

  Dicen que los humanos heredamos el gusto por el alcohol de nuestros ancestros los primates. Existe, incluso una teoría que justifica esta afirmación, es conocida comunmente como la "teoría del mono borracho", e indaga en las raíces de la atracción humana por el alcohol. 


Robert Dudley, un biólogo de la Universidad de California ha estudiado por más de 25 años este fenómeno. Sus investigaciones fueron recogidas en un libro titulado: "El mono borracho, porqué bebemos y abusamos del alcohol", donde propone que nuestro gusto por la bebida procede del gusto de nuestros ancestros  por las frutas fermentadas.

Un nuevo estudio surgió, sobre las bases de la teoría de Dudley, esta vez llevado a cabo por la primatóloga Christina Campbell de la Universidad Estatal de California y su estudiante de postgrado Victoria Weaver. Las científicas recolectaron y analizaron   restos de frutas consumidas por monos arañas de manos negras, de Panamá. Los resultados arrojaron que la concentración de alcohol en estas frutas era de1 al 2%, producto de la fermentación natural de las levaduras que metabolizan el azúcar de la fruta madura. 

 Además, estudiaron la orina de dichos monos y hallaron que contenía metabolitos secundarios de alcohol, lo que demuestra que los primates estaban utilizándolo como una fuente de energía, lo que respalda la teoría de Dudley, indicando que nuestra inclinación por las bebidas alcohólicas puede tener su arraigo en la afinidad de los primates frugívoros por el etanol natural de la fruta. 

 La cuestión es que cuando Dudley dio a conocer su hipótesis, no poseía  datos para comprobar que los primates preferían las fruta fermentadas ni que fuesen capaces de digerir en alcohol , por esto Campbell  y Weaver se asociaron con Dudley para analizar el contenido de alcohol que existe en las frutas. 

Dudley afirma que el estudio es prueba directa de la hipótesis del "mono borracho", pues el etanol está

presente en la fruta que comen y comen mucha, además sus organismos están metabolizando el alcohol, obteniendo así más calorías, lo que se traduce en más energía. 

Lo que los científicos verdaderamente no saben es cuánto alcohol consumen y cómo afecta esto a sus costumbres conductuales y fisiológicas. Puede que el alcohol que ingieren a través de la fruta les proporcione algún otro beneficio, como un efecto antimicrobiano o que las levaduras del etanol puedan estar predigiriendo la fruta. Lo que sí se pone en duda es que caigan en algún efecto parecido al que nos asalta a los humanos, porque sus estómagos se llenan antes de alcanzar niveles embriagadores. 

 Por lo tanto, la necesidad de una alta ingesta calórica puede haber llevado tanto a los monos, como a nuestros ancestros humanos a consumir las frutas fermentadas. Sin embargo la facilidad actual para obtener el alcohol, sin la pulpa de la dicha fruta, se traduce en muchas ocasiones en excesos desagradables, fines muy diferentes de los que fueron previstos por nuestros antepasados hace tantísimos años, cuando ingerían aquellas frutas simpáticas que tanta energía les daban. 







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