Herméticamente selladas, bajo instrucciones perpetuas de no ser abiertas nunca, duermen inertes las cápsulas destinadas a las generaciones futuras, cargadas con sus mensajes ocultos, destinados a perdurar en el tiempo y mostrarle a los futuros habitantes de la tierra el rostro de la que fue nuestra realidad. 

 Aunque esos recipientes son llamados cápsulas del tiempo apenas desde 1937, el concepto es muy antiguo y data desde los primeros asentamientos humanos en Mesopotamia. de hecho, El Poema Gilgamesh, que es considerado la primera obra literaria de la humanidad, menciona claramente instrucciones para encontrar una caja de cobre oculta entre los cimientos de las murallas de Uruk. 

 Existen otras cápsulas del tiempo creadas hace 5000 años y escondidas en el corazón de los muros de algunas ciudades mesopotámicas. Una de las primeras que se conocen llega desde el siglo VII antes de Cristo, su autor fue un Rey de Asiria,  quien enterró inscripciones cuneiformes hechas sobre piedra en los cimientos de sus construcciones principales. En estas ancianas inscripciones se lee: " Tenía monumentos de bronce e inscripciones de arcilla cocida, los deposité en los fundamentos y los dejé para tiempos futuros". También ocurre, que la propia naturaleza, con sus fenómenos naturales, a veces catastróficos, crea estas cápsulas inintencionalmente, como ocurrió con la ciudad de Pompeya.  

 La bomba del tiempo: 

  En 1937, durante los preparativos de la Exposición Universal de Nueva York, que tendría lugar en


1939, nació la idea de enterrar una "bomba del tiempo", que debería ser abierta por los habitantes de la Tierra en 6939, cinco mil años más tarde. Por razones de marketing el nombre se modificó a " cápsula del tiempo" y este fue el término que fueron adoptando todos los objetos de este tipo. Se estima que alrededor el mundo existen 10 000 de éstas capsulas. Finalmente la " bomba del tiempo" fue construida, medía 2.28 metros de diámetro, pesaba más de 360 kilogramos y tenía un diámetro interior de tan solo 16 centímetros. Dentro de ella se guardaron objetos de uso cotidiano: una bobina de hilo, una muñeca, un frasco con semillas, un microscopio, carretes de películas, diccionarios, almanaques y otros textos. La cápsula fue enterrada a 16 metros de profundidad y en 1965 se añadió una cápsula gemela, unos 10 metros al norte de la original. 

 Pero algunos de esto emprendimientos van más allá, como es el caso de las dos sondas Voyager lanzadas por la Nasa en 1977, que contienen discos de oro con información sobre nuestro planeta y nuestra forma de vida, destinadas a vagar por el espacio hasta ser halladas en futuros inimaginables por civilizaciones lejanas. Similar es el caso del Satélite KEO, que permanecerá en una órbita de 1800km de altura, reingresando a la atmósfera de la Tierra dentro de 500 siglos, cargado de mensajes de los hombres del pasado para sus receptores del futuro. 


 Debido al, cada vez mayor, número de capsulas destinadas al futuro y al riesgo de que muchas de ellas puedan ser olvidadas se ha creado una Sociedad Internacional de cápsulas del tiempo, que mantiene un registro de todas las existentes. Sin embargo de acuerdo a algunos historiadores, el uso dado a estas cápsulas es un tanto inútil, pues dentro de ella muchas veces se almacenan objetos triviales que no serían de utilidad alguna para los historiadores del futuro.  

 Ya sea cargadas de objetos cotidianos, mensajes de fantasmas o llenas de nuestros mejores obras literarias, con tomos y tomos de nuestra historia y mapas de nuestro mundo, las cápsulas del tiempo no son más que la conciencia humana de nuestra propia mortalidad, de saber que en algún punto el implacable tiempo habrá engullido la civilización como la conocemos, como ha hecho con tantas otras antes, y el futuro puede ser tan alocadamente diferente que probablemente seremos para ellos como para nosotros los primeros hombres que garabateaban las paredes de las cuevas oscuras en los albores nuestra especie . Estos mensajes al futuro son la esperanza de que nuestra historia perdure y pueda ser útil a quienes habitarán nuestro hogar miles de años después de que nos hayamos ido.